Nacido en Rusia de padres judíos, y en el centro del estudio Talmúdico, con el afán por mantener las observaciones tradicionales y una gran ortodoxia. Mi educación, por lo tanto, fue completamente judía, y creo sinceramente y con firmeza todo lo que se me enseño, ambos en casa y en la escuela, como siendo los mandamientos de Dios, y que en manteniéndolos había una gran recompensa.
Hasta ahora se había logrado una buena fundación, por la cual glorifico y le doy gracias a Dios por ver nacido un judío y ver sido bien criado y instruido en la Sagrada Ley de Dios y los profetas, y, además en la ley oral y las enseñazas de los hombres sabios de Israel.
También puedo agregar aquí, que fui instruido en varios lenguajes modernos, y recibí una justa educación secular. A esto tengo que darle gracias a muchos miembros de mi familia en casa, quiénes anhelan un alto plan en lo que se refiere mi futura carrera. Mis padres habían fallecido, y había sido su deseó que yo aprenderá el negocio bancario cuando yo creciera. Esto no era de mi gusto, y después de intentarlo por un tiempo, me fui de casa. Primero fui a Odessa y después a Rumania a visitar a mi tío. No estuve muchos tiempo con él, dejé el país viajando hacía el este.
Fue durante mis viajes al extranjero donde tuve contacto con misioneros judíos y escuché por primera vez sobre Jesucristo. Nunca había leído el Nuevo Testamento, o ver oído de semejante libro, que yo recuerde. Entonces yo estaba en perfecta ignorancia sobre el cristianismo, y no sabia nada sobre el evangelio. Por su puesto, había escuchado sobre el cristianismo católico Ruso y Romano, pero siendo judío se me prohibía preguntar sobre esta religión o leer sus libros. Una cosa, sin embargo, recuerdo yo, que me causo alguna impresión, y eso ocurrió cuando yo estaba en Odessa. Allí habían unos alemanes que eran Luteranos, y noté la diferencia en su modo de vivir y su conducta, de la otra gente a su alrededor, pero nunca pregunté a que se debía esta diferencia. Así fue cómo yo había escuchado sobre los misioneros, pues como yo realmente no conocía sobre su religión o lo qué ellos estaban enseñando. Un día fui por pura curiosidad, a oír a uno de ellos leer y interpretar algunos capítulos sobre el profeta Isaías. Pero cuando el lector afirmó que Jesucristo era el verdadero Mesías, sentí una profunda indignación al no estar de acuerdo con él. Yo pensaba, que esto era un insulto, al suponer que los judíos estaban equivocados en respeto a Jesús de Nazaret, y que los cristianos tenían la razón, que nuestra Santa religión era inferior a la cristiandad. Sin embargo, yo visité, al misionero varias veces tiempo después, a discutir con él. Mientras tanto, el Nuevo Testamento fue puesto en mis manos y fui solicitado a leerlo. Lo hice, pero no me entusiasmo, por la atrevida divinidad atribuida a Jesucristo. Para mi, en ese entonces, era el punto decisivo. Aun, continué leyéndolo; pero, debo confesar con vergüenza, a menudo lanzaba el libro lejos de mi, o lo dejaba caer al piso.
Así siguió la lucha por dos años, pero busqué en las Sagradas Escrituras con diligencia y sin descanso, y le supliqué al Señor que me ayudara, hasta que, por la gracia de Dios, encontré la verdad, y Jesucristo fue revelado en mi como el sufriente, despreciado y crucificado Mesías, quién soporto todo por mis pecados, y por los pecados de mi nación y los del mundo entero. El cambió que sobre mi llego fue efectivamente grande; mi soberbia desapareció, toda oposición hacia la verdad termino, y yo sentía un amor maravilloso hacia Él quién primeramente me amó a mi, y quién se entrego él mismo por mi.
Solo puedo hablar de mi ahora, como una creación nueva. Pero solo imaginarme a Jesucristo sobre la cruz, derretía mi corazón. No podía explicarlo con palabras, pero era una realidad, y me sostenía sólido y absorbía todos mis pensamientos hasta casi realizar las palabras del profeta Zacarías, “Y ellos me verán a quién han perforado y sé lamentaran”. ¡Y así fue, y lloré!
Esto era sin duda, el incidente más extraordinario en mi conversión, y, como el antiguo Paulo, ‘Yo determinado a no saber nada más de los hombres, excepto de Jesucristo, Él crucificado’.
Después de mi bautismo, escribí a casa y les conté sobre mi conversión, y mi fe en Jesucristo. Por un tiempo no había ninguna respuesta, pero llego expresada largamente en términos apacibles, y expresando una esperanza, de que yo sabia lo que había hecho, y había tomado la decisión después de ver sido totalmente convencido de que era la correcta. Pero yo, entre las líneas podía leer que todos en casa estaban muy tristes, de que yo hubiera dejado el judaísmo y adherirme al cristianismo, y entonces, según su opinión, me había convertido en ‘un Meshumed’. Aun, mi alegría en él Señor crecía a diario, pues sabía en quién yo creía.
Yo estaba incierto por un tiempo, cuando a mi llamado futuro se refería, aunque estaba en mi corazón predicar el evangelio a mis hermanos judíos, el Señor me abrió la puerta y yo estaba muy agradecido al darme cuenta de que todo fue Su obra y no mía.
Después de entrenarme tres años, en un colegio, fui designado a atrabajar primero a Inglaterra entre los judíos, y después me fui al extranjero y prediqué el evangelio a los judíos y a los gentiles en países más allá de los mares. Mientras estaba en el extranjero fui muy bendecido en mi trabajo, y en un lugar se me dio la oportunidad de oficiar en una iglesia dispensando la palabra de vida a los judíos y a gentiles por varios años.
Desde mi regreso a Inglaterra, e pasado todo mi tiempo en operaciones misionarios entre mis hermanos judíos, en varias ciudades en este lugar, y e buscado, con la gracia de Dios, dirigirlos hacía Jesucristo, el verdadero Mesías y Redentor.
A sido un privilegio para mi predicar el Evangelio a un gran numero de judíos y judías durante mi carrera de misionero, y el buen Señor esta contento de verme concedido Su favor y Su aprobación con las almas de la casa de Israel, a quién yo e dirigido hacía el Buen Pastor, el Señor Jesucristo. Yo me alegro en saber que tengo niños espirituales,, quienes caminan dignos del su más alto llamado de Dios en Jesucristo. Algunos de ellos están en el sacerdocio o son pastores, y otros siguen honestas profesiones y viven vidas cristianas muy tranquilas y útiles para el honor de Dios. Si se me permite añadir quizás muchos más, que por ahora son desconocidos para mi, han sido convencidos de creer en Jesucristo por mi humilde mediación, y quiénes son conocidos de Dios.