Fui iniciado al convenio el día ocho, (según el procedimiento judío), recibí el nombre de Rubén, como mi abuelo, quién había sido Principal rabino. No se cuando fue que empecé aprender el idioma hebreo, pero si recuerdo que todavía no cumplía los ocho años de edad, cuando comencé a estudiar el Talmud.
En el año de 1854, empecé un viaje a Palestina. Cuando estaba en Constantinopla conocí a un cristiano hebreo que era un colporteur de nombre Salomón, quién me ofreció un Nuevo Testamento.
¡Hasta entonces, nunca había oído que tal libro existiera! Ese estimando hombre cristiano me convencío de que visitara el misionero de la Sociedad Judía en Londres (el Rvdo. Dr. Stern). Por cuestiones de espacio no se me permitió dar más detalles, pero esa visita memorable, la cual duro varias horas, gracias a nuestro Padre celestial, cambio mi futuro. Fue allí por primera vez que oí que la cristiandad no era, lo que se me había enseñado a creer, un sistema de idolatría, pero basada en Moisés y los profetas, y dejé la casa del Dr. Stern con un deseo que me quemaba, de oír más y aprender más sobre este tema. Visité al Dr. Stern constantemente por dos años, y entre más aprendía de la verdad que salva, que solo se encuentra en Cristo, mi lucha era más agonizante; pero al fin, aunque mi almohada a menudo estaba húmeda con mis lagrimas, al darme completamente cuenta todo lo que implicaba decidirme creer en Cristo, por gracia divina se me premitió decir, ‘cuento todas cosas como pérdida, por la excelencia del conocimiento de Jesucristo mi Amo y Señor, por quién e sufrido la pérdida de todas cosas’, y el dieciséis de septiembre de 1856, fui bautizado en Constantinopla por mi querido padre espiritual, el Dr. Stern, y recibí el nombre de Michael (quién es como la imagen de Dios). Desde entonces tenia un gran deseo de ser testigo de Cristo entre mis hermanos; y en 1860, entré al campo de misiones en conexión con la Sociedad de Judíos en Londres, con quién me quedé hasta noviembre, de 1869, y después comencé mis labores de misionero con la Sociedad Británica.
Al cerrar este breve contorno de mi vida, deseo expresar mi más profunda gratitud a nuestro amable Señor, quién me a permitido predicar el Evangelio de Jesucristo en Rusia, Rumania, Austria, Alemania, Francia, Italia, Egipto, Palestina, Turquía y Bulgaria, y el mensaje a bendecido a muchos corazones judíos, y a resultado en la salvación de muchas almas. También e tenido el privilegio de predicar el Evangelio a muchos miembros de mi familia, que mantienen alta influencia en Rusia, y estoy muy agradecido de que nueve de mis primos han sido bautizados.
En las manos de Dios esta mi futuro, y mi sincera súplica es que, lo que me quede de vida, sea aun más dedicada a Su servicio y para Su gloria.